Historia

Rolando Viera, un zurdo que brilló dentro y fuera de Cuba

El primero de mayo es un día de sumo culto a nivel mundial. Se celebra el Día Internacional de los Trabajadores en muchos países. Pero esa fecha está simbólicamente marcada para el zurdo capitalino Rolando Viera Mezquía y no precisamente por su don de impecable jornalero.

En 2009 Viera estuvo a punto de dar a luz la mayor obra de refinamiento que puede concebir un lanzador: el tan exótico y para muchos quimérico juego perfecto, cuando en la Liga Miami-Dade tenía a raya a los bateadores del elenco Coral Gable Police y un error de un compañero suyo echó por tierra lo que sería una joya monticular valorada en mil quilates.

En definitiva, lo que pudo ser, terminó siendo un choque de cero hit cero carreras a favor de su equipo León, en el que Rolando se dio gusto burlándose de sus rivales, pues en 17 ocasiones los dominó por la vía del disgusto, o sea, el para nada deseado ponchete.

Antes de que este serpentinero desembarcara en el campeonato mencionado, que más bien es una justa de entretenimiento y reencuentro de muchos peloteros antillanos, tuvo un rosario de actuaciones en la pelota cubana y de otros países. Debutó en 1993 en la versión XXXIII de la Serie Nacional de Cuba, con el emblemático Industriales y bajo la égida de uno de los managers más queridos de la capital, el reglano Jorge Trigoura, quien “siempre confió en mí y como director y persona era muy bueno”, dice Viera.

Fue uno de los puntales del staff de pitcheo azul de finales del pasado siglo, junto a otros colosos del montículo como Jorge Luis Machado, Lázaro Valle, Luis Alberto “El Queso” González, Francisley Bueno, Amaury Sanit y Lázaro de la Torre. Apenas jugó seis temporadas en las que ganó 22 desafíos y perdió 19, ostentó promedio de carreras limpias de 3.42 y 200 ponches. A pesar de la pluralidad de selecciones nacionales existentes en la década del 90, nunca este zurdo contó con el privilegio de integrar alguna de ellas y lo más cerca que estuvo fue cuando “me invitaron a la preselección de la que saldría el equipo que asistiría a los Juegos Panamericanos de Winnipeg 1999 y también estuve en el concentrado que aspiraba ese mismo año jugar contra los Orioles de Baltimore”.

Con el arribo del nuevo milenio, recibe la noticia de que le ha llegado el bombo (suerte de lotería de visas que ofrece Estados Unidos) y a la vez le notifican que estaba sancionado por las autoridades deportivas por su disposición de marcharse del país por esa vía. A inicios de 2001 arriba a ese país norteño, específicamente a Florida, donde lo esperaban varios familiares, y posteriormente se uniría a su hijo Rolando y a su esposa, provenientes también de Cuba.

Rolando estaba frisando los 30 años en aquel entonces, era el más veterano en los planes de selección de séptima ronda de los Medias Rojas de Boston, y por ende, a su alrededor giraba una enorme aura de escepticismo de parte de algunos directivos de esa franquicia ligamayorista, quienes sabían poco o nada de él, a no ser informaciones puntuales que no garantizan del todo el arriesgo de un contrato.

 

Pero como bien reza la frase popular de que la suerte es loca  y a cualquiera le toca, en poco tiempo el habanero estaba moviendo su zurda, esta vez no para lanzar, y sí para rubricar un acuerdo de ligas menores por un monto de 175 000 dólares con el club de marras. Rompió la inercia que traía desde Cuba de numerosos meses sin jugar oficialmente béisbol, y lo hizo en buena lid,  pues en su tránsito  entre las clases AA y AAA, logró foja positiva de un quinteto de victorias, solamente un fracaso y la friolera de 10 encuentros salvados con las novenas del Trenton y el Pawtucket.

Paradójicamente, la exquisitez de sus salidas sufrió en el colofón de la contienda un descenso que exhortó a su conjunto a ofrecerle la agencia libre. A partir de ese momento, la travesía deportiva de Rolando Viera significó lo que un barco sin rumbo definido, a la busca del puerto más seguro, pero con la sed de seguir quemando petróleo. La picardía y el oficio beisbolero que le quedaba, los puso en marcha en ligas independientes en Canadá y Estados Unidos, en planteles de la pelota mexicana y puertorriqueña. Sus guarismos en esas experiencias se traducen, desde el 2001 que firmó con los Medias Rojas de Boston hasta que concluye con los Mayos de Navojoa, perteneciente a la Liga Mexicana del Pacífico,  en 57 triunfos, 46 descalabros y meritorio porcentaje de 3.25.

Para concluir nuestra charla le pregunto porque desde hacía tanto tiempo había desaparecido del espectro beisbolero y me responde que su brazo no aguantaba más. En el presente ya anda por los 44 años y su frenesí por la pelota lo deposita entrenando a niños en Hialeah. Siempre tendrá dos asignaturas pendientes en su trayectoria por los diamantes beisboleros que ya son tarde, muy tarde para verlas materializadas. La primera: nunca lucir las cuatro letras de su país y la segunda: ver truncado el sueño de llegar y pitchear al menos un capítulo en la cumbre del béisbol mundial: las Grandes Ligas estadounidense. (RCD)

 

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