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Los muertos se respetan: el nombre de José Fernández no puede ser mancillado

El 25 de septiembre de 2016 pudo ser un día tranquilo, de esos que el ajetreo noticioso  no estropea la calma con malas nuevas. De hecho, de no haber ocurrido la tragedia, ese día, de ese año, hubiese pasado a la historia como uno más, sin penas y escasas glorias, a no ser porque China puso en marcha el mayor radiotelescopio del mundo, un acontecimiento que ayudaría a estudiar ondas de radio originadas en el espacio, como vía para entender los orígenes y la formación del universo, y a la vez indagar señales de vida extraterrestre. Muy interesante.

Pero por más que quisiéramos que ese día hubiese transcurrido lo más sosegado posible, el pasado demostró que el 25 de septiembre de 2016 nació maldito desde sus primeras horas y terminó macabro.  El suceso que dejó un panorama sombrío en esa jornada y muchos días después, tuvo como víctimas a tres jóvenes, quienes fallecieron en las costas de Miami Beach a causa de un accidente marítimo, cuando una embarcación, que iba a gran velocidad, se estrelló contra las rocas y se volcó, según los partes iniciales.

Pero en el trío de fallecidos apareció el cadáver de José Fernández, lanzador cubano de 24 años que era un ídolo de los Miami Marlins y de buena parte de la fanaticada de las Grandes Ligas. Cualquier muerte despierta incontenible llanto, pero el sufrimiento de la pérdida de Fernández fue como exprimir un pañuelo que no tenía para cuando poner fin a tanta lágrima. Así se pudo ver durante varios días a la comunidad cubana de Miami especialmente, mientras en Cuba la noticia repicaba como si se tratara de un pelotero de toda una vida en Series Nacionales.

El destino torció para siempre la vida del villaclareño, un muchacho que si fue al oráculo alguna vez seguramente le dijo que nació para ser eterno, grande entre los grandes en el difícil mundo del beisbol rentado, y por la mente del sabio nunca pasaría decirle a Fernández que se iría tan tempranamente. A decir verdad, Fernández va demostrando que es eterno, pero qué va, el que lo vio lanzar sabe muy bien que la eternidad de él donde mejor se disfrutaría era en los terrenos de beisbol.

El lugar de José era en el beisbol, no en más ningún sitio. Aunque en la pelota tuvo tiempo de hacer poco y a la vez mucho, los que lo vimos lanzar sabemos que lo mejor de él estaba por llegar. Cuatro temporadas apenas le alcanzaron para tener 38 victorias, caer en 17 partidos, redondear un excelente promedio de carreras limpias de 2.58 y un WHIP de 1.05, además de 589 ponches en 471.1 entradas.

En el año de su adiós nos regaló 16 victorias, la mayor cantidad que obtuvo en una temporada, y eso que en su debut se apareció con 12 triunfos, actuación que le presentó el premio Novato del Año en 2013, además de que también lo llevó a participar en su primer Juego de las Estrellas.

Fue un pelotero de franquicia. Con los Marlins, su único equipo, se convirtió en el primer pitcher en la era moderna de las Mayores en triunfar en sus primeros 17 juegos de forma consecutiva como local y también fue el número uno en fijar un record de 24 triunfos y un revés en sus 25 presentaciones iniciales en su estadio de Miami.

Tal vez se pregunten a qué se debe este justo recordatorio del exitoso lanzador derecho, cuando falta más de tres meses para su cumpleaños 26 y poco más de cinco meses para el tercer aniversario de su muerte. La razón es bien vergonzosa y humillante para la familia del cubano y para todo aficionado que llegó a ir al estadio alguna vez para verlo en vivo y en directo como yo.

La directiva de su antiguo equipo ha cometido la desfachatez de vaciar la taquilla que pertenecía en el estadio a Fernández, motivo por el cual su madre Maritza Gómez tuvo que recoger las pertenencias de su hijo. Por si fuera poco la desvergüenza, tumbaron el famoso muro en el que incontables seguidores de la carrera de José plasmaron sus afectos hacia el difunto de las más variopintas maneras.

Maritza, desconsolada por semejantes desmanes, manifestó sentirse traicionada por la actual directiva del conjunto, la cual muy claramente está borrando el legado de un pelotero que por derecho propio pertenece a ese estadio, donde fue llorado por los fanáticos y sus propios compañeros, quienes le ofrecieron tributo de maneras memorables.

El nombre de José Fernández no merece ser estropeado de esa forma y más doloroso resulta que los culpables sean personas de altos cargos en el equipo que hizo grande al villaclareño y que luego él se encargó de que su nombre permaneciera junto a los Marlins. Apostemos porque este desparpajo caiga al suelo. (Rafael Rofes)

 

 

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