Béisbol Cubano

Los malos ejemplos también se copian

En pocos días hará casi una década desde que me fui de Cuba y entre tanta nostalgia sacada de la Isla siempre llevaré conmigo los recuerdos del viejo Andrés, el de la esquina, allá en mi barrio de Villa Josefa, de mi natal Santa Clara. Con Andrés las discusiones de pelota se formaban en minutos –el Azul y yo Naranja- y sin darse cuenta llegaban a la hora. Con él se hablaba de la historia del beisbol cubano contada desde sus ojos. Devoto a los Almendares de la década del 40 y el 50, y luego industrialista por herencia, fue Andrés quien me llevó, realmente, a descubrir que detrás del beisbol existía tanto más que un juego.

Desde que me instalé en Estados Unidos, he hablado pocas veces con él y ayer fue la última. Del otro lado del teléfono estaba la voz de un viejo de 90 años, enfermo de cáncer, y enfermo de muerte a causa de la pelota, como él mismo insiste. “Rafaelito  —me dice—, me queda poco para irme pa’ Honduras –se refiere a la muerte- y cada día que pasa esta pelota me enferma más. Ya no es antes que lo ganábamos todo, ahora, como acabo de ver y comprobar, parece que ahora Cuba es el equipo a derrotar. Nada, me queda poco y por lo que veo conmigo se va la pelota”.

En tan poco, Andrés ha logrado sintetizar lo que es el beisbol cubano a días de hoy. Un enfermo sin cura aparente. Y el episodio al que se refería fue el concluido Campeonato Panamericano Sub 23, celebrado en Panamá, donde los cubanos terminaron en una sexta posición, que bien pudo ser una séptima, una octava o lo que es igual a una ubicación que nada representa, que nada provechoso nos dejó, porque a Panamá se fue con la única misión de clasificar al Campeonato Mundial de la categoría –y mira que se dieron cuatro tiques- y a Cuba se regresó con las manos vacías y picazón en los oídos de tanta crítica.

Al final, se le ganó a los locales con marcador de 10-2 con mucho de lo que faltó prácticamente desde los primeros compases, bateo, mucho bateo, y para colmo se conectaron tres jonrones, cuando antes pudieron lograr nada más que dos en ocho partidos, y uno de ellos ante el debilitado conjunto argentino, que dicho sea de paso, promedió ofensivamente más que los dirigidos por Ariel Pestano, con .307 por .260, produjo más dobles y triples, 10 y 8 respectivamente, por 8 y 3 los insulares. Y para cerrar las comparaciones, la escuadra sudamericana se robó 15 bases  —líder del certamen—, mientras que los cubanos salieron once veces y solo cuatro cumplieron su propósito.

Sin exagerar, este equipo cubano fabricó muchas expectativas cuando se hizo pública la nómina definitiva de 22 jugadores, y al conocerse que Estados Unidos y Canadá no estarían al tener  su clasificación garantizada, entonces nos frotamos las manos y se dispararon aún más las ambiciones. No pocos especialistas y periodistas coincidieron que el plantel cubano era sólido en casi todos los renglones de juego y por tanto, la clasificación al Mundial de 2018 no debería ser algo ni quimérico, ni complejo. Digo más, más de uno habló que Cuba podía discutir el campeonato.

Pero todo eso fueron pronósticos precompetencia. Cuando la justa caminó un poquito, se chocó con las realidades más puras y duras, traducidas en que este equipo sub 23 parecía que había copiado o heredado los malos vicios de las selecciones nacionales absolutas, que apartando el hecho de que están endeudadas con su público al no dedicarles un título desde hace rato, cuando salen fuera de Cuba padecen de una anemia ofensiva inexplicable, se contagian de una improductividad horrorosa al dejar a numerosos corredores en posición anotadora o el pitcheo se muestra intermitente.

Todos esos males del beisbol y otros más técnicos que sufren nuestros principales equipos Cuba, confluyeron sobre los alumnos de Pestano y dieron al traste con la clasificación mundialista y ni hablar de la discusión de la corona, esquiva prácticamente desde que los criollos dieron el paso hacia la Súper Ronda, etapa en la que se les escurrieron los pasaportes a la lid mundial cuando sucumbieron ante República Dominicana, Panamá y México y antes lo habían hecho frente a Puerto Rico y Venezuela, cinco rivales de Latinoamérica que no son nuestros acostumbrados verdugos de Asia. ¿Qué insinúo con eso? Ustedes saben…

De manera general, los de la Mayor de las Antillas fueron primeros en defensa, al cometer una sola pifia y promediar para .996, sin embargo, en pitcheo fueron séptimos con efectividad de 4.13 —aunque le batearon para .239, poncharon 66 veces en 61 entradas y regalaron 18 boletos—, mientras que en bateo sí quedaron por debajo de casi todos los apartados: octavos en average (.260), novenos en indiscutibles (61), séptimos en jonrones (2) y novenos en carreras impulsadas (24). Las estadísticas incluyeron los cincos encuentros de la fase de grupos y los tres de la Súper Ronda, por lo que el último juego ante Panamá no fue llevado a los libritos.

Individualmente sobresalieron al bate el torpedero industrialista Yolbert Sánchez (.387, 12 hits y dos triples), el jardinero granmense Raico Santos (.379 y once imparables) y el villaclareño Norel González (.367, 11 inatrapables y dos dobles), mientras que el santiaguero Lionard Kindelán, de los tres hits que se apuntó, dos fueron vuelacercas. Mientras que en el área del pitcheo el más sobresaliente entre los abridores fue el zurdo indómito Ulfrido García, con labor en tres choques y saldo de dos victorias y un revés, efectividad de 0.86, le batearon para .130 y sumó 24 ponches en 21 entradas.

Así cierra otro capítulo triste para la historia del beisbol cubano. La ilusión que un día existió de participar por primera vez en un Campeonato Mundial Sub 23 habrá que guardarla en el desván por otros cuatro años. Nuestra pelota sigue dando tumbos y lo más desgraciado es que hasta las categorías inferiores se suman a los fiascos, pues además de la actuación en este evento para menores de 23 años, en septiembre la selección nacional juvenil quedó, casualmente, en la sexta posición del certamen del orbe juvenil, al irse en blanco igualmente en la Súper Ronda. (Rafael Rofes)

 

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