Béisbol Cubano

Lázaro Valle: “Una gran injusticia me costó las Olimpiadas de Barcelona 1992”

Guanabo se pierde en la periferia habanera. A diferencia de esos sitios intrincados que salen de la inventiva de grandes escritores y luego llegan a mezclarse de una forma u otra en momentos de las vidas de más de mil y un ciudadanos, de Guanabo hay mucho que decir, tantas cosas reales que sobrepasan a que fue una playa bella antes y ahora decadente, que queda a más de 25 kilómetros del corazón de La Habana y que su enlace por excelencia con la capital es la ruta 400, que en fechas veraniegas es como aquellos inolvidables camellos del verdadero Período Especial, el de los años 90, que pasaban cuando les daba la gana, y cuando se tenía la suerte de subirse a uno de ellos, no había espacio ni para un alfiler.

La historia de esta localidad casi tricentenaria es amplia. Su pasado atrapa y uno de los regocijos que ella muestra y pocos saben es servir de hogar a uno de los lanzadores más acreditados del beisbol revolucionario. Cerca de la famosa calle 5ta Avenida, en una casa esquinada, vive Lázaro Valle Martell (18 de diciembre de 1962) desde hace ya un buen tiempo y en medio de una mañana sabatina, bien temprano, me dice que Guanabo le da tranquilidad, la que el Latino seguramente pocas veces le ofreció. Pesca y se entretiene en sus aguas un hombre historia del beisbol cubano.

En un sitio de su casa halla espacio una suerte de ritual que él ha creado, al cual le falta mucho todavía, me confiesa. Cuatro paredes que soportan algunos de los principales instantes del jugador nacido en la marianense Maternidad Obrera –y no en Villa Clara como muchos creen. El firmante del primer juego perfecto logrado por un cubano en eventos internacionales de primera categoría, a pesar de estar apurado, me señala con su dedo índice, entre tantas medallas y retratos, una foto con el yankee Derek Jeter y toca el cuadro que lo atrapa a él y a Fidel Castro.

Le pregunto por Darcourt y prefiere no hablar, es mucha la tristeza que destapo sin percatarme. Asegura que tiene bastante que aportar a nuestro beisbol, que está dispuesto a echar una mano, pero el que merece no pide, por lo tanto, no es momento de que él grite a los cuatro vientos sus deseos de ayudar. Todos saben su teléfono y donde él vive, para que más señas.

“Nací en La Habana, pero mi padre inscribió a casi todos sus hijos en Las Villas, producto de que él hizo zafra durante muchos años en Macagua, municipio de Encrucijada. Nunca viví en Villa Clara, soy de La Habana Vieja. Desde niño me gustó mucho el beisbol, lo que nunca pensé que fuera a ser lanzador. Participé en numerosos Juegos Escolares con el equipo de La Habana, cuando aquello yo jugaba left field. Desde niño siempre tuve buen brazo y tenía fuerza al bate.

La vida es una paradoja porque yo primero fui receptor e incluso llegué a ser el tercer cátcher de Industriales y en los Metros me desempeñé  en esa posición y como jardinero y más tarde también jugué la inicial. Aproximadamente en los años 1985-86 me di cuenta que tenía fuerza al bate pero no era un buen bateador y me dieron la oportunidad de lanzar. Te soy sincero, nunca pensé que llegaría a ser el pitcher que fui porque no me gustaba lanzar, pero los resultados fueron muy positivos”, afirma el otrora integrante de la selección nacional y artífice en 15 Series Nacionales de 138 victorias, 73 fracasos, efectividad de 3.39, 29 salvamentos, 16 lechadas  y 1351 ponches. Al bate promedió para .224 (77 indiscutibles en 344 oportunidades) y produjo cuatro jonrones y once dobles.

¿Fue decisión tuya inclinarte hacia el pitcheo o algún entrenador te impulsó?

“A mí los que me embullaron realmente fueron Ángel Leocadio Díaz y José Modesto Darcourt y después Chávez me dio la oportunidad de lanzar. Fui un pitcher de más de 90 millas, mi velocidad oscilaba entre 95 y 98 millas y toqué la barrera de las 100 millas”.

¿Eres de los que piensan que para ser un buen entrenador de pitcheo hay que tener un precedente encima del box?

“Yo no tengo nada en contra de los licenciados y los aportes novedosos que han hecho en el beisbol, pero la práctica es la esencia de la verdad. La inmensa mayoría de los entrenadores de los equipos de Grandes Ligas fueron lanzadores y eso es una ventaja. Hay que estar consciente que hoy por hoy las universidades se dedican más a los estudios biomecánicos en pos de un mejoramiento a la hora de lanzar, pero para ser un destacado coach de pitcheo hay que tener la esencia de haber lanzado antes.

“Yo creo que el concepto de pitcheo, más que arte y más que todo, se resume en el agarre de la bola. Aquí en Cuba los lanzadores no conocen los tipos de envíos, una cosa que es muy fundamental en las Mayores, desde que estás en la Rookie League tienes que conocer los lanzamientos básicos para una recta”.

Por tu gran velocidad algunos te atribuyen la recta como tu principal escudo, pero, si me guío por los numerosos partidos que te vi trabajar, creo que era otro lanzamiento tu recurso fundamental.

“Yo era un pitcher de velocidad, pero mi arma principal era el slider, el cual fluctuaba entre 89 y 91 millas, aprendí a tirar uno grande y uno cortico. Una vez  Braudilio Vinent, para mí el  lanzador más grande que ha dado Cuba, a quien quiero como un padre, me llamó y me dijo «óigame estelar, venga acá, yo a los bateadores zurdos y a los derechos les tiraba este tipo de slider». Por la noche ya yo estaba entrenando y preparándome para lanzar esos sliders, aprendí a tirar tres tipos. En mi tiempo nosotros escuchábamos mucho a los peloteros estelares, porque ellos sabían y querían ayudarnos”.

¿Qué importancia tiene para un lanzador poseer un tercer y cuarto lanzamiento?

“Se sabe  que todo se ha inventado en contra del lanzador, de por sí, hoy la bola es más viva que antes. Un lanzador para que sea ganador tiene que tener entre cuatro o cinco lanzamientos. Por ejemplo, las primeras dos veces al bate de un bateador frente al pitcher son del pitcher  y la tercera y cuarta ocasiones son del bateador, porque ya el bateador ha visto al lanzador más de dos  veces y lo conoce. Entonces  es ahí donde surge la necesidad de contar con varios recursos”.

Fueron muchos los momentos reconfortantes que viviste en tu carrera como pelotero, tanto en Series Nacionales como en la selección nacional.

“Siempre tuve buenos momentos, logré la cadena de 25 victorias consecutivas, trabajé varias temporadas para menos de tres limpias y es que en aquel tiempo había mucho concepto de pitcheo, era obligatorio casi aprender a lanzar. Un 50 por ciento de mi éxito fue gracias a mi equipo, en el que todos sabían pensar.

“La cadena de triunfos, honestamente, nunca pensé romperla, porque, primero tiene que ver con el 21, porque se la rompí a un número 21 que fue Rolando Macías, un 21 de septiembre, usando yo el 21 y 21 años después. Cuando yo llegué al éxito 25 ante el matancero Jorge Luis Valdés en el Latinoamericano, después perdí 3-2 contra Javier Gálvez, y luego gané ocho juegos consecutivos más en una Selectiva”.

¿Para un lanzador de la calidad tuya que significa la frase juego perfecto?

“Lograr ese juego perfecto ante Corea del Sur fue muy difícil, en el último inning el psicólogo me tuvo que poner hasta música. Le dije a Pedro Luis Rodríguez, que era el cátcher en aquel momento, y a Pacheco, que iba a meter el brazo hasta lo último, porque ya casi estaba a mi alcance la hazaña del juego perfecto. El noveno episodio fue el único en el que no pude ponchar a más de un bateador, porque el nivel de concentración y de tensión era muy alto, ya que se jugaba con aluminio y el equipo coreano era el segundo más bateador detrás de Cuba”.

Esa actuación bien calificaría para cualquier lanzador como el momento más grande de su vida. No obstante, para ti no es así.

“El momento cumbre de mi carrera fue cuando le lancé a los Senadores de San Juan. Después del choque un periodista puertorriqueño me preguntó qué sentía un pitcher amateur como yo al enfrentarse a un equipo que incluía a nueve jugadores de Grandes Ligas. Le respondí «tú sabes lo que pasa, que yo en estos momentos soy el mejor pitcher del mundo, porque tengo los mejores jugadores del mundo defendiendo mi actuación, pero te voy a decir una cosa, 97 millas es lo mismo aquí que en Estados Unidos y en cualquier liga del mundo”.

En una época en la que Cuba tenía grandes figuras sobre el box, Lázaro Valle se mantuvo ocupando un puesto de primera entre los lanzadores durante muchos años.

“En mi época estaba José Luis Alemán, Jorge Luis Valdés, Rogelio García, entre otros tantos, no era fácil integrar un equipo Cuba, pero lo integré y no me bajé más del avión hasta el año 2000, cuando la enfermedad de mi hermana me devastó, verla sufrir hasta que murió me hizo mucho daño, porque teníamos bastante afinidad. Muy mal estuve psicológicamente que en el año 2002 dije que no lanzaba más y así lo hice. Antes de ese sufrimiento mi papá falleció en 1996 y el día de su muerte salí del cementerio para el estadio, después de 36 horas sin dormir y 28 días sin lanzar, le gané a las Villas”.

Me hablabas Valle de algo que no muchos conocen y que tiene que ver, en parte, con tu ausencia de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992.

“Cuando  René Arocha se quedó en Estados Unidos a mi prácticamente me borraron del terreno, me borraron de todo y fue algo doloroso porque yo no tuve nada que ver con eso. Esa razón me costó las Olimpiadas de 1992, pero antes, en los Juegos Panamericanos de La Habana 1991 me lesioné el brazo y me apartaron hacia un lado.

“En 1993, por cosas de la vida, Fidel dijo que me dejaran salir al extranjero  y se lo agradezco mucho y ese año fui el mejor lanzador del torneo, en el que me enfrenté a los Senadores y volví a Cuba. Pero aquello fue muy duro porque prácticamente no me dejaban entrar al estadio, que culpa tenía yo de que se hubiese quedado uno y eso fue algo que me dolió mucho. Fue muy bajo, muy sucio, con un pelotero joven que prácticamente estaba en la cumbre de su deporte y me hicieron talco.  Precisamente, el principal culpable de mi situación desertó en Puerto Rico, y yo seguí aquí, con y sin período especial”.

Tu oportunidad olímpica ocurrió ocho años después en Sidney y no pudiste alcanzar lo que desea todo atleta, el oro bajo los cinco aros.

“Fue muy duro, yo no estaba acostumbrado a perder en torneos de nivel, me dolió porque perdimos contra Estados Unidos en la final, donde Servio Borges se trocó. Yo le había pedido la bola, pero abrió con Lazo, el beisbol es un deporte de sabermetría,  las estadísticas no se equivocan y eso es bueno saberlo”.

Fuiste unas de las tantas víctimas de aquel famoso retiro masivo que existió a finales de los noventa.

“Eso no tiene justificación, ahí se le frenó el desarrollo a todo el mundo, porque prácticamente estuve casi tres años fuera de la pelota. Me pregunto cuántas victorias dejé de lograr. Pero imagínate, qué iba a hacer, había necesidades económicas y nos fuimos un grupo grande de peloteros a jugar en otros países. Tuve que irme y después regresar, ya yo no quería jugar más, participé en la Serie Provincial y gané nueve juegos, perdí uno y entonces nos mandaron a buscar a Ajete, a de la Torre y a mí y al final nos incluyeron de nuevo en el equipo Cuba”.

¿Qué haces en la actualidad?

“Vivo con mi esposa, tengo una hija, dos nietos, hago mi vida normal, trato de ser lo más útil que puedo para la sociedad, soy una gente alegre, me gusta bailar, me gusta divertirme,  tengo mucho que enseñar, pero si no necesitan de mis servicios tampoco me voy a imponer. Quien merece no pide,  y por lo tanto, yo estoy aquí. Llevo tres años trabajando con el equipo de Canadá, femenino y masculino. Vivo aquí en la playa, salgo a pescar que es un hobbie que me gusta, cuando vienen hermanos como Pablo Miguel Abreu comparto con ellos, revivimos los momentos de glorias”. (RCD)

 

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