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Las mil y una razones por las que Cuba ha perdido terreno en el deporte mundial

Por Néstor PÉREZ

En la esquina de un museo cubano, todo destruido por fuera y “remendado” por etapas por dentro, aparece solitario y abundante en polvo, un mural medianamente grande. Los murales están para actualizarse y este si perdura, es gracias a la desidia de quien tiene que darle el toque de actualidad, aunque parezca paradójico. En pleno 2017, solamente tiene dos informaciones del año que corre, el resto son noticias añejas que llegan a alcanzar, para que se calcule el descuido, al título del luchador pinareño Mijain López en Beijing 2008, hace nueve años. En aquel entonces, significaba el primer oro para Cuba y Latinoamérica en esa edición del gran evento cuatrienal.

La nostalgia es ese sentimiento de anhelo por un momento pasado, y aunque dicen que no sólo de recuerdos vive el hombre, a los cubanos que nos gusta saborear las mieles de los grandes triunfos, tenemos que conformarnos, muy acorde con el momento que vive el deporte en la Isla, con aquellos episodios de esplendor que en años pasados abrazaron y abrazan la historia de nuestro movimiento deportivo. Aunque este año ha vivido actuaciones de lujo al más alto nivel, soy del criterio de que el deporte en la Mayor de las Antillas atraviesa una línea preocupante que le ha quitado la bien ganada distinción de potencia deportiva a nivel de planeta.

A finales de agosto pasado, el boxeo dejó sin criterios contrarios su condición de buque insignia, al dominar por países el Campeonato Mundial en Hamburgo, Alemania, a razón de cinco cetros y par de medallas plateadas. Es el boxeo, siendo uno de los deportes más afectados por la fuga de talentos, la disciplina más consistente en resultados de élite, corroborando que la Escuela cubana de pugilismo y su finca de entrenamientos enclavada en el Wajay, son una fábrica productora, casi sin interrupción, de campeones y medallistas.

Haciendo un breve ejercicio de memoria, también descollan en lo que va de 2017 los dos subtítulos alcanzados por la dupla cubana del C2 a 1000 metros, integrada por Fernando Dayán y Serguey Torres, en el certamen universal de canotaje en República Checa; los tres bronces de los luchadores Yowly Bonne, Alejandro Valdés y Oscar Pino en el evento del orbe en Francia y un metal de igual color conseguido por la judoca Kaliema Antomachín, única medalla tributada por un deporte que tradicionalmente, junto a la lucha, el atletismo y el boxeo, han contribuido al medallero olímpico cubano y a las cosechas en lides mundialistas.

Del atletismo son más quejas que conformidades lo que pudimos heredar del Campeonato Mundial efectuado en Londres, donde la garrochista pinareña Yarisley Silva se apuntó un tercer lugar compartido con la venezolana Robelis Peinado, desempeño que constituyó la única medalla obtenida por la delegación cubana, que tributó uno de los peores rendimientos, por tal de no ser absoluto, en la historia de sus participaciones en competiciones de esta categoría.

Hasta el momento, las denominadas categorías inferiores van cumpliendo en este 2017 con sus habituales notables resultados, reflejados en cinco coronas en el Mundial de atletismo para cadetes de Kenya; varios metales “pescados” en el lago de Pitesti, Rumanía, sede del Campeonato Mundial juvenil y para menores de 23 años de canotaje; sendos segundos lugares en el certamen del orbe juvenil de lucha, en Finlandia, gracias a dos gladiadoras y el voleibol masculino ha marcado la diferencia, con su subcampeonato en la lid mundial sub 21 y el tercer escaño en la liza mundial sub 23, con muchos de los jugadores que lograron la plata en la categoría inmediata inferior.

Precisamente, una de las mayores deficiencias que posee nuestro movimiento deportivo descansa en las categorías inferiores, de la que se desprenden dos grandes vertientes. Ya viene siendo casi una moda que numerosos de esos atletas que anuncian su calidad desde los cadetes o los juveniles, cuando se asientan en el primer nivel no puedan sostener los patrones de triunfo y favoritismo que tenían en la fase deportiva precedente, por lo que culminan como talentos malogrados y algunos hasta optan por desvincularse del deporte. La quema de etapas de los principales talentos también repercute en que luego no puedan rendir en la categoría absoluta cuando tienen la edad exigida para esta.

Por otra parte, ese mismo grupo etario (y desde edades más tempranas) cada vez más aboga por desprenderse del país que lo formó y buscar otros horizontes, bajo nuevas banderas que le deben aportar una remuneración incomparable con la que Cuba le ofrecerá. No es un secreto que el éxodo de atletas, ese fenómeno que viene sacudiendo al deporte de la Isla desde el mismo 1959, haya llegado hasta las generaciones más jóvenes, las cuales, en comparación con otras épocas, tienen un acceso más abarcador a las TICs y al modo de vida de los grandes referentes del deporte rentado.

La temática de la migración de los atletas cubanos puede que se incluya entre los tres principales causantes de que Cuba haya perdido buena parte de esa credibilidad que poseía antes, dígase trece años atrás, en el panorama internacional. Ese sensible punto ha causado laceraciones en todas las disciplinas que se practican en la Isla, reconocidas por el Comité Olímpico Internacional (COI), y actualmente no sorprende ver representación de paisanos en grandes eventos competitivos, como ocurrió con los nueve atletas participantes por seis países en el Mundial al aire libre de Londres, al igual que en los eventos ecuménicos de boxeo, lucha y judo, todos en este 2017.

Para el año próximo Cuba tiene un reto que con anterioridad era impensable, por la comodidad con la que se disfrutaba la supremacía en el área.  No es otro que ganar los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Colombia, pretensión que se torna harto difícil, a causa del notorio desarrollo que han tenido en materia deportiva los anfitriones, para quienes esta fiesta deportiva constituye un espectáculo prioritario.

Ese estado de tensión que padece el deporte antillano, obviamente, obedece a situaciones plurifactoriales, y antes de entrar en más aspectos, no se puede descuidar que en el presente el ejercicio del músculo se encuentra inmerso en un proceso de globalización y, fundamentalmente, los países primermundistas invierten grandes sumas y numerosos recursos en pos de lograr medallas a cualquier nivel. Por demás, la mercantilización se funde en un sólido abrazo con el deporte moderno y eso Cuba lo ha sufrido directamente desde varias direcciones.

A que Cuba progresivamente vaya perdiendo el cartel de potencia deportiva –ya en Río de Janeiro 2016, donde quedamos en el lugar 18 con cinco oros, dos platas y cuatro bronces, fuimos desplazados por Brasil y Jamaica- también ha influido las bajas de muchísimos de los mejores entrenadores en sus respectivas disciplinas, los cuales han preferido poner sus conocimientos en funciones de otras naciones que pagarán más ceros por sus servicios.

De igual modo, todavía el alto rendimiento hereda métodos de preparación obsolescentes, que a la postre terminan obstaculizando o frustrando la consumación de un título o determinado rendimiento esperado. Y ni hablar de la llamada pirámide deportiva, esa gran base de la que dependen los futuros cetros para cualquier país, la cual sufre en carne propia diversos hándicaps, que van desde una alimentación inapropiada, escasez de recursos e implementos deportivos, ausencia casi total de las competiciones cardinales allende los mares y hasta un triste rostro de incontables instalaciones, que atenta contra una correcta práctica y en ocasiones priva al deportista de entrenar.

Que no alarme: estos males, aunque en un menor por ciento, igualmente perjudican a diversos deportistas de las selecciones nacionales absolutas, aquejados una y otra vez por la carencia de competiciones internacionales, puente casi directo para la capitalización de rendimientos lujosos. Igualmente en consonancia con lo anterior, son contadas las disciplinas que se pueden dar el privilegio de disfrutar de algo con un valor incalculable en el deporte moderno, como son las bases de entrenamientos, las cuales también pasan por una sustentabilidad económica que el gobierno cubano pocas veces puede tener.

Seguir ahondando sobre las razones que han propiciado que Cuba no sea considerada ya por especialistas y aficionados como una potencia deportiva es como introducir ropas en un baúl sin fondo. Tal vez pueda parecer quimérico, improbable, pero a mí me agrada y bastante, como un paliativo de impacto reunir de nuevo con su país de origen a esas grandes figuras que sobresalen en circuitos profesionales de diferentes disciplinas. Para recuperar una parte extensa de ese terreno cedido, pienso yo que esta puede ser una muy buena opción para empezar. ¿Qué piensan ustedes?

 

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