Béisbol Cubano

La tozudez y el día que Jalisco rajó a Cuba

Cerca de la una de la madrugada de hoy, cuando quedó definido el contrario de los Criollos de Caguas para la final de la Serie del Caribe en Jalisco, muchos de los aficionados cubanos que soportaron el cansancio y resistieron hasta el último momento el partido entre Alazanes de Granma y Águilas Cibaeñas se llevaron a la cama el pesado sueño —eufemismo para no decir otra palabra más cruda— de soñar en vano.

Porque todavía existe gente como yo, que ha visto numerosos de los más grandes triunfos de nuestra pelota, como también muchos de los más dolorosos tropezones que han llegado en fila india en los últimos nueve o diez años, o tal vez más, pero que prefiere hacer oídos sordos de un panorama que sabe muy real y trata de convencerse, aunque sea por un rato, que todo está bien, que el beisbol de Cuba no tiene la crisis que se le achaca y que esta vez sí se puede, sí ganaremos y sí reviviremos la gloria que otros dicen que no existe.

Entonces ocurre que se acaba el juego, después de 3 horas y 54 minutos, y comprobamos que la vida nos ha regalado otra trompada, que nada está bien, que el beisbol de Cuba tiene una crisis que cala hasta los huesos, que esta vez tampoco se pudo, que no ganamos y que no revivimos una gloria que no existe. El cubano cada vez que hable de pelota, consciente e inconscientemente, va a dar la idea de que está incluido dentro del equipo nacional o de Industriales, Matanzas, Granma  o la provincia que sea. Así ha sido por años, es y seguirá siendo porque es idiosincrásico.

Pero por más que nos pongamos belicosos cuando nos hablen “mal” de nuestra niña linda que es la pelota, hay que estar claros como el agua que nuestro beisbol carece de elementos vitales y una evidencia fue la derrota de ayer. Esta Serie del Caribe fue un botón de impulso para creer lo que siempre hemos querido: ganar, a la vieja usanza. Nada más grato que triunfar en la clasificatoria tres partidos y caer en un solitario juego que dio señas que no era tan imperioso vencer. Por lo menos esa fue la lectura sacada del cuerpo de dirección.

Los Alazanes granmenses avanzaron a semifinales como primeros del campeonato y el único con un revés. Hasta ahí todo bien, todo muy bonito, saquen el cake, pongan las velas, pero no las enciendan, ni piquen el pastel. Porque en poco tiempo ese pastel ya no será de los cubanos —a decir verdad, nunca lo fue— y otro equipo entonces terminará poniéndole la guinda y disfrutando  del cake, la fiesta, el vino y los confites. Nos embarramos el dedo, pero el merengue se secó antes de llevarnos el dedo a la boca y otra vez tendremos que lidiar con la impotencia de no llegar a una final. Esta vez ni siquiera la perdimos.

Ese último juego ante las dominicanas Águilas Cibaeñas dio varias lecciones de lo mal hecho, precisamente cuando ese juego era el más necesitado de una lección ejemplarizante de lo bien hecho, del buen beisbol, y como moraleja vuelve a quedar que a nuestro país cada vez se le hace más difícil ganar el partido bueno.

Comenzaré a la inversa y sin poner el dedo profundamente en la llaga. De todas formas, lo hecho, hecho está, y no es nuevo lo que pondré sobre el tapete. Roel Santos, el mejor bateador sin discusión por la tropa de Carlos Martí, realizó una jugada de horror en el noveno inning, perdiendo su equipo por tres carreras, al intentar robarse la segunda almohadilla. Resultado: le salió el tiro por la culata. Y aclaro, no estoy insinuando que por esa “descabellada jugada”, como la definió Martí, se haya perdido el juego. El partido por el pase a la final, me atrevo a decir, se perdió por dos cosas con una importancia gigantesca: un bullpen inefectivo e inoportuno bateo.

Después que el abridor Lázaro Blanco salió en el sexto capítulo, me golpeó la corazonada de que el juego se iría por el tragante. Y así fue, pues ninguno de los relevistas cubanos pudo poner en mute los maderos contrarios, que valga decir, tuvieron la productividad que a los nuestros les faltó en circunstancias decisivas y así remontaron y ganaron, a pesar de una defensa desastrosa. Asimismo, el primer auxilio que se utilizó, el artemiseño Miguel Lahera, era el menos indicado, por todo el precedente de actuaciones deficientes desde la Serie Nacional y materializada en el juego inicial contra el conjunto de Venezuela. Hablando claro, en un encuentro como el de ayer, para preservar esa carrera era necesario utilizar al más confiable, no a Lahera.

Si cuando escribí la reseña del compromiso ante los Caribes de Anzoátegui ensalcé la productividad de la batería de la isla, ayer toda esa felicidad quedó en nada. Sinceramente, perdí la cuenta de la cantidad de corredores quedados en circulación, pero lo más alarmante fue que ni el tercer bate —Yurisbel Gracial— ni el hombre siguiente —Alfredo Despaigne— remolcaron una carrera, toda vez de la responsabilidad que ellos tienen en la alineación y que en varias ocasiones tuvieron la posibilidad de impulsar.

Siguiendo el hilo conductor, la extrema confianza que se depositó en el receptor Frank Camilo Morejón en el quinto inning, con las bases llenas y un out, no duden que puede haber influido en el desenlace. Morejón, con notables deudas ofensivas, terminó matando la entrada con una conexión para doble play, mientras, desde la banca, lo veían hombres como Alexander Ayala, Lázaro Cedeño, Rafael Viñales o Juan Carlos Torriente. Ya que hablo de Frank Camilo, deseo agregar que a los cátchers cubanos les robaron siete bases en ocho intentos. Nada agradable de leer.

Para concluir, hablar brevemente de Carlos Martí, un manager con toda la experiencia que otorga dirigir por más de 40 años, agradable cuando habla, pero también es un tipo muy pragmático, que pocas veces sale de los moldes y arriesga casi nunca y en eso tiene que aprender de Víctor Mesa. Ser tozudo, en esta pelota tan dinámica que se juega hoy, de poco vale.

Después de dos participaciones sucesivas de los Alazanes de Granma en este evento, acumulan seis victorias y cuatro derrotas y han dejado, porque eso es innegable, una imagen buena. Ah, que no hayan llegado a la final, eso es otra cosa. Al parecer, es un mal endémico de nuestra pelota. En resumidas cuentas, Jalisco no se rajó y le hizo caso a Pedro Infante. Más bien Jalisco rajó a Cuba. (Néstor Pérez) (Foto tomada del twitter del evento).

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