Béisbol Cubano

La pelota, aunque convulsione, necesita de nuestro oxígeno

Por YOSVANY PEÑA

Creo que nunca dejará de sorprenderme la tozudez del aficionado a la pelota cubana, ese que todavía insiste en gastar su saliva de forma inocente en la rutina de encontrar la panacea del béisbol cubano. Dicha tarea no representa en absoluto una nimiedad, es más, mírese por donde se mire y pese a su relevancia, todos la saben de antemano improbable. Sin embargo, tengo que confesarme un tozudo más, de los peores.

Sucede que el béisbol en la Isla, aún insípido, mantiene casi intacta la popularidad que gozó antaño, etiquetada en ese manido pero certero eslogan de “pasatiempo nacional”. Para bien o para mal, o estrictamente para mal a estas alturas, en que el “pasatiempo” ha sufrido una caída estrepitosa,  de la nube a la tumba.

Incluso a sabiendas de que tratar este tema es echar en un saco roto, me uno al debate. No lo puedo evitar. La pelota en la Cuba de hoy es solo comparable con la conjuntivitis hemorrágica o el catarro, virus nocivos para la salud, pero que se pegan con un sencillo rascado en el ojo o simplemente con respirar.

Pero basta de preámbulos vanos. No pretendo esta vez repasar, por enésima vez, la triste historia reciente del béisbol cubano, pletórica de fracasos y bochornos que mancharán de por vida el prestigio de un deporte que en esta nación sobrepasa los linderos de un mero entretenimiento, para convertirse, como pulula últimamente por las esquinas, en asunto de Estado. Bastante se ha dicho del tema y, a decir verdad, se ha vuelto en exceso desagradable buscar culpables que recaigan en Higinio y sus secuaces.

En esta ocasión quiero tocar, aun con la yema de los dedos, el mismísimo corazón de la pelota cubana: la Serie Nacional. La inspiración me viene con el inicio de este evento, siempre el más esperado, pese a desavenencias de diversa índole. La primera fecha general, en una tórrida tarde de domingo, sirvió para que me diera cuenta de que ir al estadio es para el cubano una tradición que se echa muchísimo de menos en tiempos de asueto.

Sí, puede sonar raro, pero por momentos sentí cómo se erizó mi piel desde el palco. Y algunos a mi alrededor también constataron algo similar. El sonido de las cornetas, inconfundible e imprescindible en este tipo de escenarios, el olor resultante entre la mezcla de hierba con arcilla, los improperios a los árbitros, el murmullo inconforme ante un strike mal cantado, el polvo blanco en el viento tras impactar la pelota con la línea de cal, la conga… tantos detalles familiares que llevaba tiempo sin notar y que después de tanto tiempo, arrancaron la nostalgia entre la gente.

La pelota es, en definitiva, la pelota. Así, sin más. No hay que aderezarla demasiado. Puede que la calidad sea tan ínfima que no merezca la pena empeñarse en seguirla al pie de la letra, o que la Serie Nacional esté tan desastrosamente organizada, que gastar saliva quejándose se convierta más que en una tozudez, en un hábito propio de locos. Pero con las sensaciones antes descritas doy fe de que se sienten identificados los miles de tercos que llenaron las gradas del estadio.

De cualquier forma hay detalles que, aun convencido de que no se resolverán a corto plazo, tengo que repudiar. Resulta inadmisible que muchos fanáticos no puedan asistir al estadio vestidos con los colores de su equipo. Yo, que llevo visitando los terrenos de pelota desde que tenía seis meses, jamás he podido ir con el pullover del elenco con que simpatizo. Es un trauma que todavía muchos no han conseguido superar. Yo me he resignado.

En fin, no continúo insinuando otros problemas como el necesario espectáculo que al parecer desapareció en el Mundo Perdido de Conan Doyle u otras iniciativas para elevar el entretenimiento, que es, en definitiva, lo que se busca cuando se va a un estadio. Me estaría alejando de lo que realmente importa, la moribunda pelota cubana, y mi discurso podría confundirse con el “blablabla” de dirigentes de este deporte.

Pero recuerde, no falte al estadio. No hay sensación similar para quien tiene el deporte en la sangre. Y por supuesto, tenga en cuenta que el olor de la hierba mezclada con la arcilla y el pegajoso sonido de la conga no se sienten desde casa.

 

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