Béisbol Cubano

La maldición de Sile Junco y el Osobbo que nadie le quita a Matanzas

Un suceso como el ocurrido hace tres días ciertamente merece que se derroche mucha tinta, se llenen muchas líneas y se engrose unas cuantas cuartillas de explicaciones o lamentos. Aunque, también creo y no es locura lo que escribo, que un suceso como el ocurrido hace tres días ciertamente no merece que se malgaste tanta tinta, ni líneas, ni papeles.  Al final, caballeros, cuando la frustración se convierte en costumbre es mejor economizar y no perder el tiempo en naderías, como algunos podrían llamar.

El periodismo y los años que llevo en él, o tal vez los años que él lleva en mí, me obligan a sentarme y centrarme bien en lo que escribo. Para algo está el deber social, aunque este pase por hablar de un pasado de decepciones y triunfos que se destruyen cuando están a centímetros de las manos.  Crear toda una atmósfera de triunfalismo, para después quedarse con las manos vacías de gloria, es lo peor que le puede pasar a un equipo. Aunque el triunfalismo muchas veces lo suelen agregar los aficionados, repito, suele ser letal —es letal de hecho—, y más si los abismos se vuelven carreteras constantes por uno, dos, tres, cuatro, cinco años…, es que ya perdí la cuenta, sin ironías.

El periodismo y toda su fastidiosa verborrea, que se espere un momento. Es hora de quitarse el chaleco de profesional de la palabra y decir en un muy buen cubano que lo de Matanzas, en la pelota, no tiene precio.  Industriales, el equipo que históricamente han señalado por tener la rareza de vivir con un corazón amarillo en los play off—criterio que comparto tímidamente—, creo que no se ha enterado que en los últimos tiempos su exótico órgano lo ocupa un Cocodrilo que lo mismo perece en su cuartel cenagoso de Matanzas o espera viajar cientos de kilómetros para ser fulminado en territorio ajeno, como sucedió en Granma.

Por más que le busque por dónde le entran las debilidades a los yumurinos cuando van camino a la corona, termino años tras año de frente al fenómeno de la cuadratura del círculo y me da por pensar que todo es cuestión de un corazón amarillo o de la maldición de Gerardo “Sile” Junco que comenta el colega Boris Luis Cabrera, cuando en 1991 el mentor ganó con Henequeneros  y ante la inconformidad de unas promesas incumplidas, se retiró dejando la siguiente cláusula: “sin mí no ganarán ni en cincuenta años”.

Han pasado ya 28, por lo que si seguimos al pie esta maldición de Sile Junco, quien regresó a dirigir en las Series 41 y 42, a los matanceros les quedarían otros 22 años de suplicio. Nada fácil de aguantar.

Otra temporada nadaron y nadaron hasta conseguir un excelente cúmulo de victorias que lo elevaron hasta la cima de la fase regular. Ya no estaba Víctor Mesa al frente de los Cocodrilos, por ende la tropa no estaría sujeta a la presión asfixiante que le imprimía cada postemporada VM32. Sin Mesa, un hombre al que el beisbol de Matanzas le deberá mucho de por vida, parecía entonces que este sí sería el año de los yumurinos con Víctor Figueroa y al final de la postemporada estarían alzando el trofeo de campeones nacionales.

Pellízquense los que estén soñando, que Matanzas sin Víctor Mesa sigue siendo la misma de cuando él estaba: la que bien sabe nadar y se le perforan los pulmones cuando está a un pelo de la orilla. Como dice mi vecino que está en Cuba, Matanzas está Osobbo y parece que nadie puede enseñarle el camino del Iré. Eso no es sencillo, por lo menos así lo veo, porque si Víctor Mesa no lo hizo, con todo lo religioso que es —hasta en el terreno—, qué quedará para Figueroa. Me gustaría saber qué pensaría de todo esto el mismísimo Arcadio Calvo Espinosa, uno de los babalaos más grande que ha engendrado mi país. Por cierto, ya fallecido.

Eso sí, Matanzas se despidió por séptima ocasión seguida encima del podio. Pero cuando se trate de pensar en el título, mi gente, Matanzas es el mayor practicante de la Ley de Murphy. (Néstor Pérez)

 

 

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