La evitable miseria del Salón de la Fama del Beisbol cubano

22 enero, 2017 6:49 pm1 commentViews: 640

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaala bombaCuatro meses después que se inaugurara el Salón de la Fama del beisbol en Cooperstown, exactamente el 21 de octubre de 1939 descorría sus cortinas la versión cubana de los inmortales de este pasional deporte. Hasta 1961 allí fueron encumbrados nombres obligatorios como José de la Caridad Méndez, Cristóbal Torriente, Alejandro Oms, Martín Dihigo, Adolfo Luque y otros hasta llegar a 68, compuesto por jugadores de diversas ligas, árbitros y directivos. Un buen día de 1961 ocurrió un apagón de 53 años en dicho Salón, debido a la abolición del béisbol rentado en la Isla, que le dio paso al amateurismo con la fundación de las Series Nacionales.

Pasaron décadas y décadas y el templo que con tanto entusiasmo había surgido, se sumió en un estatismo descomunal. Los 68 exaltados no crecieron, eran solo eso, un grupo de personas que fueron promovidos al punto culmen, y con el arrollador paso del tiempo, llegaron a yacer tan hondo, al igual que el templo al que pertenecían. Pocos manejaban la real importancia de los afamados y del sitio que los representaba. La desidia, tan maligna, ruin y repulsiva, arrojó sobre ellos toneladas de olvido. No obstante, existieron personas, concienzudas hasta la médula de que el beisbol en Cuba es cultura, patrimonio y efusión de pueblo, que apostaron por rescatar lo originado en 1939.

Con el realizador Ian Padrón a la cabeza, en 2014 un grupo variopinto de personas se adentró en el escabroso derrotero de lograr retomar algo con tanta gloria en el pasado, pero carente cada vez más a partir de 1961 de esa aura luminosa que le rodeaba. Un reglamento redactado por ese conjunto bien llamado Entusiastas por la Refundación del Salón de la Fama del Beisbol Cubano se aprobó el 7 de noviembre de 2014, además que se eligieron, después de más de medio siglo, otras 10 luminarias, bajo la venia de 25 historiadores y periodistas.

El firmamento fue engrosado con Orestes Miñoso, Conrado Marrero, Camilo Pascual, Amado Maestri, Esteban Bellán, y los jugadores de Series Nacionales Orestes Kindelán, Braudilio Vinent, Luis Giraldo Casanova, Antonio Muñoz y Omar Linares.

Días después ocurrió la exaltación durante la celebración del Juego de las Estrellas en Granma. Hasta aquí la típica frase de todo color rosa, aunque antes se las hayan visto verde para madurar lo que se traían entre manos. Aclaro que este asunto del Salón de la Fama y lo concerniente a su alrededor no es un tema del cual mis conocimientos den para un doctorado ni mucho menos. Por esa simple causa meteré mis tobillos en el agua y no el cuerpo entero.

Poco tiempo después comenzaron a aflorar las primeras espinas en el campo de marabú que sembraron algunos “personajes de élite” vinculados con la pelota, que más que contribuir, se proponían obstruir. La mezquina resistencia a una palabra tan adorable como fama fue uno de los retoños, que derivó en otra propuesta cuyo nombre obedeciera a los antojos de los mandamases y no a lo que la historia había nombrado por naturaleza.

Igual cuentan que fue despreciado un sitio tan esplendoroso y afortunado por su situación territorial como el Círculo Social José Antonio Echeverría, antiguo Vedado Tennis Club. Las razones por las que este lugar que respira casi del Malecón habanero fuera vetado no me quedan claras, pero entre tanto pasto ridículo en la viña del señor no me asombra nada.

Entre los acuerdos destacaba uno muy revolucionario, que de tan buen aire que traía, era previsible que con prontitud provocara malestar en algunos adalides. Se hablaba de un nuevo Salón de la Fama “sin exclusiones por motivos políticos, religiosos, ni lugar de residencia de los atletas, considerando como candidatos a quienes han dado gloria a nuestro deporte”, según apunta un artículo del historiador Ismael Sené, firmado el 12 de enero de 2015.

Con tantísima calidad humana fuera de Cuba, se veía como un paso inevitable que en la próxima elección figurase al menos una persona non grata a los ojos de rostros obsolescentes. Fue el momento de que uno de los jugadores más grandes del beisbol cubano, de antes y después, fuera visto a voz en cuello por algunos como el héroe convertido en villano. Si Antonio Pacheco fue bautizado como el Capitán de Capitanes, a partir de ese día perdía el sacramento conferido.

El santiaguero, que en su apogeo como jugador y hasta como director, era la comidilla de cuanto aficionado adorara la pelota, sufrió la triste experiencia de ser cobaya de lo irracional. Pagó el pato porque su decisión de vivir fuera de Cuba, después de haber gastado mil y un pares de spikes por la causa de su país y de su equipo Santiago de Cuba, iba en contra de retrógrados pensamientos y posturas rectangulares, más que cuadradas.

Como magistralmente lo describiera el periodista Juan Kubala, “El Salón –que renacía después de medio siglo de inexcusable asueto– regresaba a la escena beisbolera del país cargado con el osobbo del odio al emigrante (…) un Salón de la Fama no pretende inmortalizar a ciudadanos sino a peloteros”.

Pacheco, desde antes de ese infortunio, sufrió una muestra transparente del ostracismo que le regaló un profesional cubano de la comunicación que tanta maravilla de él habló en su momento. ¿Cómo es posible que ese sujeto le cruzara la mano a la hipocresía cuando mencionó una sarta de nombres de los mejores camareros que por Series Nacionales pasaron, y no mencionó al santiaguero, cuando este, por derecho propio, tenía que ser el primero en la lista?

Actitudes cínicas como esas y otras más son las que paran en seco el arrebato de un proyecto soñador y en grande. De algo con la noble intención de legitimar como merece toda esa cantera de calidad y entrega deportiva que engalanó nuestro beisbol, sin importar las decisiones postreras de diversos jugadores que sintieron la necesidad de probar su vida en otro rincón fuera de Cuba.

Recuerdo que una de las primeras frases que aprendí, salida del intelecto de Benito Juárez, dice que el respeto al derecho ajeno es la paz. Todo está en eso, en respetar, como vía despejada para el logro de ambiciones e iniciativas necesarias.

Me despido con otro fragmento de Kubala muy en sintonía con lo que le aguarda al Salón de la Fama del Beisbol Cubano, que ojalá no vuelva a sufrir un apagón de medio siglo.

“Más allá de los vientos jodidamente adversos, la criatura tiene que vivir. A la espera de que se comprenda su necesidad y sentido históricos, tendrá que nadar a contracorriente y ser Salmón, en lugar de Salón. Mucho monte tendrá que romperse, mucha lobotomía habrá que practicar, pero un día caerá por su propio y retrógrado peso el estatismo que se aferra en maniatar a nuestro béisbol, amparado en el miedo ridículo a una fama que va a acompañar eternamente a Dihígo y Bragaña, Luque y Oms, Casanova y Pacheco”, expresa y yo agrego a Luis Tiant, Tony Oliva, Tany Pérez, Marquetti, Capiró, Juan Castro, Vera, Lazo, El Duque, José Fernández. Aunque sea a un ritmo parsimonioso, no pueden faltar nombres que lo merezcan. (David Diaz)

 

 

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