Béisbol Cubano

Gurriel, Ortega y el filo de la bandera

Esta vez hemos decidido meternos en la boca del lobo. Tocar dos asuntos, que aunque parezcan hermanos, uno aparece en el hemisferio norte y el otro en el sur. El cubano, parece que ya es algo inevitable, no perderá nunca la jodida manía de establecer comparaciones con cuanto se le antoje, sin importar las diferencias manifiestas, el tema es buscar la discusión, la polémica, un debate que muchas veces termina en brete, sin concebir que el eje central de lo que está expuesto en la parrilla es algo fútil, trivial y generalmente irrazonable.

Aunque es ya un asunto pasado de días, cuando vimos al cubano Yulieski Gurriel celebrar su triunfo de campeón de la Serie Mundial con una bandera de su país soportada por sus dos manos, primero que la natural alegría de ver a un paisa festejar la gloria a su manera, sentimos la premonición de que ese gesto de Gurriel sería absurdamente comparado con el comportamiento del vallista cubano Orlando Ortega, cuando cruzó la final de los 110 m/v de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro con la medalla de plata y su voluntad fue rechazar la bandera tricolor y solicitar la de España, país por el que corría.

Señores, es reprochable adherirse al tema de la bandera cubana para provocar una polémica –que desde el inicio es inexistente- cuyos puntos de vistas van en continua colisión. Cada celebración, per se, son diametralmente opuestas. Gurriel, en esta pequeña saga de héroe y villano, terminó acomodándose la capucha de Superman o cualquier otro personaje de cómics cuyo cartelito todos saben que es el del héroe agasajado. Gurriel no hizo más que hacer lo que harían muchos cubanos en su caso: ¿victoria universal con una franquicia?, reitero, una franquicia y no un país, pues enseño mi bandera, festejo con ella, y punto. ¿Momento bello?, sí, y yo también me apunto a respaldarlo sin que me quede una pizca de reserva.

Pero lo vivido por Orlando Ortega hace ya más de un año y dos meses le valió para que en su momento la reprendieran contra él de la peor manera. Incluso, se le llegó a colgar la etiqueta de ex cubano, como si ser cubano fuera potingues que te lavas con el agua del grifo y desaparecen por el tragante. Ahora, tras el diáfano momento de furor del Yuli con su enseña, lo casi predecible: buscar donde no hay y convertir el memorable e histórico instante de Gurriel en una lección ejemplarizante para Ortega de lo que debió haber hecho, de lo que es correcto y de lo que es sentirse verdaderamente cubano.

Tras un año y dos meses, se resucitó a un dragón que pensamos que permanecería muerto de por vida. Lo correctamente hecho por Gurriel no puede constituir una parábola forzada para Ortega. Ahora es el momento de abrir un paréntesis tan largo como me sea posible y puede que paradójico.  El gesto de Orlando en Río de Janeiro no se adapta a lo que a mí me hubiese gustado que hiciera, pero, tan sencillo como que mi voluntad no puede ser la de él. Por algo existe la libertad individual. Cada cual cumple algo de la manera en que le apetece, y decir que Ortega hizo lo imperdonable o culturalmente incorrecto es un error.

Aunque no soy fans del atletismo, el pasado Campeonato Mundial de Londres, entre tantas postales,  dejó una que podía ser la más indicada y razonable para el vallista cubano cuando decidió celebrar su subtítulo. De hecho, pensé que así lo haría. Nunca antes había oído hablar de él, pero Ramil Guliyev se plantó bonito en la final de los 200 metros y alcanzó un título que previamente pocos le atribuían. Cruzó la meta, reaccionó consciente de lo que logró y pidió dos banderas: la de Turquía, el país al que le daba el oro; la de Azerbaiyán, su país, donde nació y por el que corrió varios años. La imagen de Ramil con las dos banderas envueltas en su cuello no escapó de los lentes.

Como dije, la actitud de Guliyev es lo que yo quería ver de Ortega hace más de un año, porque su plata pertenecía a España y Cuba era su nación, por la que corrió tantísimas carreras. Sin embargo, su decisión individual destrozó mi deseo y el consenso de llevar la bandera cubana. ¿Por ello entonces tenemos que sumarnos a la lista de los que se colocaron en la línea de fuego para dispararle al cubano? Dejamos el micrófono abierto… (Néstor Pérez)

 

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