Historia

Albertico Martínez: “Estoy en el anonimato, nadie se acuerda de mí”

Uno, dos, tres… cuando me disponía a colgar, al séptimo timbre responde una voz marcada por los años. Rápidamente me identifico y le explico el motivo de la llamada. Una entrevista vía telefónica. Acepta, pero ese día no. Me pide que lo llame al siguiente, temprano en la mañana, él casi siempre despierta a ras del alba. Y así lo hago.

Nos involucramos en una conversación de casi una hora. Emoción, viejos recuerdos y nuevas realidades, silencios prolongados ante preguntas espinosas, pero la ausencia de la dicha del intercambio cara a cara me prohíbe descubrir otros encantos, otras revelaciones de mi entrevistado. La última frase del diálogo es “estoy en el anonimato, nadie se acuerda de mí”. Típica expresión que le pega de sobra a muchos atletas cubanos, pero quien la hace suya esta vez es Albertico Martínez.

Desde Villa Clara, uno de los receptores más herméticos de la historia del béisbol cubano me cuenta su realidad. Afirma que ni un capítulo del gustado programa televisivo Confesiones de Grandes le han dedicado a su persona. Sale poco de su casa, sobre todo se concentra en realizar labores hogareñas. Ya la pelota no es la novia que lo tuvo por mucho tiempo embelesado, alejado por meses de su casa, de su país, por tal de que nunca desapareciera el amor hacia ella. Pero pocas son las relaciones que duran toda la vida. Hoy, eventualmente se acuerda de ella. Al estadio no va y alguna que otra vez la evoca por televisión, para no dejarla morir.

Está en extremo orgulloso de sus hijos. Ambos son profesionales realizados. El varón es cibernético y la hembra psicóloga. “La inteligencia la sacaron de su madre”, me dice esta gloria del béisbol, nacido el 22 de febrero de 1952. A sus 65 años, sacar muchas remembranzas del baúl es una exigencia, me afirma. Pero está muy contento, se le nota y lo confiesa, de que alguien se haya acordado de que él existe. “No creo que tan mal pelotero fui para merecer el olvido”, sentencia.

Nunca lo llamaron para ser coach de Villa Clara, a pesar de su pasado, lo echaban a un lado. “Mis labores se reducían a la presencia en la Academia, algo que era mi trabajo. Mi satisfacción estaba en desarrollar receptores como Ariel Pestano o Yulexis La Rosa. En Villa Clara han existido varios receptores de calidad y es a causa de la herencia y la referencia de grandes catchers, de generación en generación, y eso sin contar los que se han ido como Angel López, Joan Chaviano, William Plaza, Osvaldo Pedraza y Julio César Ramírez”.

Debutó en la temporada 1972-73 con Azucareros, en una época que existía otra mentalidad y los atletas lloraban por los errores cometidos. Coincidió en aquellos años con Lázaro Pérez, quien se encontraba en el ocaso de su carrera. De él, un receptor del equipo Cuba, observó mucho, aprendió mucho, lo tenía como imagen. Estuvo además con novenas de Las Villas, Arroceros y Villa Clara y participó en las primeras 14 Series Selectivas.

Dicen los que te vieron jugar que desarrollaste una experiencia tirando sentado a la inicial…

“Fue una ocasión en que vi al catcher Freddy Portilla tirar sentado y decidí imitarlo, para tener un arma más a la hora de disparar a la inicial. Es muy difícil tirar a segunda y a tercera base sentado, porque los lanzamientos no te llegan fáciles y generalmente a primera lo hacía para sorprender. Yo siempre profundicé más en la defensa, en tener más herramientas en ese apartado, porque como bateador no tenía las habilidades de Víctor Mesa o Antonio Muñoz, es decir, no era rápido y no tenía poder. Siempre traté de tener buen vínculo con los lanzadores y de ganármelos”, responde Martínez, quien se desempeñó en 16 Series Nacionales y mostró average ofensivo de 233, pero a la defensa sobresalió con su promedio de 985 y 368 corredores cogidos robando en 677 ocasiones.

Tu primer equipo Cuba fue aquel del Mundial juvenil de Venezuela en 1970.

“Participé con muchos peloteros de calidad como Bernardo “Navaja” González, Alberto Brito, entre otros. Recuerdo que fue entre países latinoamericanos y estuve tres meses entrenando en La Habana, algo que me impactó mucho, porque coincidí en la receptoría con Pedro Medina. Ese torneo fue el preludio de otros como tres Campeonatos Mundiales de mayores, tres Copas Intercontinentales y dos Juegos Panamericanos y Centroamericanos y del Caribe. No considero que me demoré para llegar al equipo Cuba, debido a que en mi época existía mucha competencia por parte de atletas de nivel”.

Sé que el Campeonato Mundial de Japón 1980 es la página más importante de tu trayectoria con la selección nacional.

“Efectivamente. En ese evento Medina era regular y yo salía en los finales de los partidos para asegurar defensa. Fue un certamen que conservo como algo imborrable, pues se vivió un ambiente muy agradable, participaron conjuntos asiáticos que lo prestigiaron y en la final le ganamos a los locales 1-0, gracias al jonrón de Antonio Muñoz.

”Sin embargo, antes que me lo preguntes, te digo que el peor momento fueron los Panamericanos de Indianápolis 1987, cuando me dejaron fuera. La forma en la que me enteré no fue la indicada. Realizamos un entrenamiento de altura en México y tuve buenos resultados, y al regresar me entero por radio que eliminaron a varias figuras, entre las que estaba yo. Jugué un año más para demostrar que yo no había perdido habilidades, absurdo elemento que dijeron en mi contra”.

Seguramente eso fue un indicador para que en 1988 decidieras colgar los arreos.

“No me divertía la pelota, me pesaba coger guaguas para provincias, el entorno no me favorecía y necesitaba de mi casa. Aunque me seguían llamando a las preselecciones provinciales, decidí retirarme con 36 años. Disfrutaba mucho las victorias con mis equipos de Las Villas y hacer las selecciones nacionales sin que existiera nada material. Pero ya tenía decidido mi retiro”.

Muy común en la actualidad el fenómeno de la tentativa a abandonar las delegaciones por parte de personas dedicadas a esos fines, ¿en tu época cómo se vivía eso?

“En aquella época no se usaba eso de irse, era mucho el amor por la bandera. A mí no me vinieron a ver nunca, nunca me ofrecieron dinero para desertar. No era tanto el acoso porque ellos sabían que con nosotros era por gusto. Siempre yo evité el contacto con ellos”.

Después del retiro…

“Me ubicaron en la Academia y trabajaba en ella cuando recesaba en la Serie Nacional. Pero a partir de 1988 me meto de lleno en la Academia trabajando con los catchers hasta 2014, cuando comenzaron ciertas exigencias, como que había que ser Licenciado. Yo empecé la Licenciatura en Cultura Física, la cual interrumpí varias veces y no la pude terminar. No estoy en contra de la superación, pero hace falta embarrarse de grasa como el mecánico, meterse en la caliente”.

Anduviste por Italia muchos años como parte de una misión deportiva.

“Entre 1993 y 2004 fui 12 veces a Italia, una misión sobre todo económica que me vino muy bien. Estuve hasta que me plancharon. Me llamaron hace poco para ir nuevamente, pero que va, mi edad ya no lo permite. Allí, principalmente, desarrollé muchachos. Igualmente estuve como 15 días en 1990 en un intercambio en Rusia, donde entrenábamos en un terreno de fútbol”.

Ante la negativa de conformarme una selección nacional de todos los tiempos, “por el nivel de compromiso que eso encierra”, me reveló que el mejor lanzador que él vio en su vida se llama Braudilio Vinent “y eso que jugué con muchos lanzadores de calidad. Era muy seguro y corajudo, sin ser tan inteligente”. (David Díaz)

 

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