Béisbol Cubano

Fernández, asere, ¿por qué te fuiste?

Por DAVID DÍAZ

Cuando era un niño y empezaba a entender qué era aquello que a mi padre tanto enviciaba -el beisbol y los Industriales de esa época- yo también terminé enviciado más pronto que el tiempo que le llevó a él cuando tenía mi edad. A días de hoy, y con la edad que tengo, el vicio por la pelota sé que se irá conmigo a la tumba. Contrario al cigarro o al alcohol, la pelota es un placer impecable, un vicio necesario. Por eso, lloraba hasta que conseguía levantar a mi padre del sofá y llevarme hasta el Latino, para ver en vivo a mi ídolo, al del viejo, al de la capital y al de una parte no pequeña de Cuba.

A Rey Vicente Anglada había que verlo en el estadio y no por televisión, mucho menos adaptarse a las versiones del vecino o el fanático, hechas a sus maneras  un día después del juego y que muchas veces quedaban cortas a la perfección mostrada por Rey. Por suerte Anglada era el ídolo que podíamos  ver a diario, allí, en su casa del segundo cojín. Pero, por desgracia, también adoré a René Arocha, el reglano que llegó a ser el primer pitcher de Industriales y un día se fue de Cuba y tocó las Grandes Ligas.

Para los que empiezan a entender la pelota, primer consejo, nunca se hagan fanático de un lanzador. Idolatrar a alguien que tiene como objetivo lanzar bolas desde un pequeño montículo y que, por consiguiente es el arquitecto principal de un juego, es un error. Se paga un alto precio, porque si a hombres como Anglada se pueden ver todos los días en acción, a hombres como Arocha hay que esperar para verlos lanzar cinco o seis días, y puede que hasta más. Es ese el costo de seguir cerca a un serpentinero, que el tiempo no parece caminar cuando más rápido se quiere que camine con tal de ver de nuevo al ídolo del box soltando los envíos que terminaron un buen día enamorándonos.

Lo que me ocurrió con Arocha, veinte años después tuvo un guión ídem con José Fernández, el lanzador villaclareño al que vimos jugar y nos dio por creer que pudo haber sido el pitcher más grande de Cuba. Para algunos lo es.  Si lo pensamos bien, Fernández fue un sinvergüenza, simplemente por quitarnos esa espera prolongada, eterna y odiosa de aguantar cinco días para observarlo con la derecha en la bola y luego convertir su juego en una película que, por lo general, él empezaba y terminaba agarrado al papel principal.

Hoy 25 de septiembre es  el primer aniversario de su muerte. Falleció en la madrugada al impactar su bote contra una línea de grandes piedras en el mar. Un mes después se probó que murió legalmente alcoholizado, bajo los efectos de la cocaína, y algunos de los que lo subieron al altar, al conocer eso, terminaron desacralizándolo.  Fernández jugó con el lado oscuro de la vida, es cierto. Yo cuando tenía diez años  fumé mi primer cigarro y luego vinieron miles y miles, hasta hoy, y pensar que fue, repito, a los diez años.

Fue ese fallo, colosal como el sentir de su muerte en Miami, lo que recordó que los héroes, contrario a los cómics de Superman, los de la vida real, son humanos, esculpidos de carne y hueso y con el derecho, desde que nacen, a equivocarse. ¿Quién fue  Ty Cobb? Vamos, que no necesito responder, él solo se presenta, y en su época llegó a convertirse en un ser despreciable. La historia, como sucedió, se vio forzada a absolverlo. El que no perdone a Fernández, sin más preámbulo, nunca fue el fans que osó decir del cubano.

Tras la muerte del muchacho de 24 años que tenía por norma dar más de 10 ponches por partido, duele ver congelados sus números, que, de por sí, son excepcionales. El Novato del Año de 2013 y tercero en la votación al Cy Young en la Liga Nacional, con toda la seguridad que demanda responder que Tiger Woods es el mejor entre los golfistas, hubiese llegado al medio centenar de victorias en cinco temporadas, así como a los 750 o más ponchados y su efectividad permanecería picaresca y preciosa por debajo de 3.00. Eso lo hubiese alcanzado, de estar vivo, en su primer aniversario ausente. Su desgraciado fallecimiento no hace otra cosa que cuestionarnos hasta dónde pudo haber llegado.

Fernández terminó enamorado de Miami y Miami rendida a sus pies, besándole los spikes y levitándolo. Entre 2014 y 2015, el cubano cada vez que lanzaba agregaba casi 6000 aficionados a la media de público que asistía al Marlins Park. Imagínense ustedes.

¿Su muerte? Supersticiosa y simbólica. Si con 15 años terminó por salvar a su madre, sin saberlo y en alta mar, en un bote, durante la cuarta y definitiva salida ilegal de Cuba, casi una década después fue en el mar, y en un bote, donde Fernández pereció y dejó a un hijo sin padre. La vida es tan rabiosa, un divino guión como dijera Habana Abierta.

 

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