Historia

Cuando la justicia se llama Nelson Díaz

Nelson Díaz Blanco, considerado entre los dos mejores árbitros de la pelota cubana.

Ser árbitro es quizás la profesión menos agradecida de cuantas existen. Están en la vorágine de la tormenta constantemente, en los ojos de miles y miles de fanáticos, aficionados, televidentes y hasta de los menos conocedores. Los días en que realizan un trabajo impecable, su buena faena pasa tan desapercibida como cuando un talento brilla el mismo día que lo hace un jugador establecido. Sin embargo, cuando se equivocan son la comidilla de cuantos testigos hayan “disfrutado” de su error, se les recrimina una y otra vez por el fallo colosal e imperdonable. Su misión es tratar de obrar casi perfecto, errar lo menos posible, pero es bien sabido que están lejos de ser autómatas. Son seres humanos que tienen por derecho equivocarse, aunque a veces sean deslices producidos por umpires experimentados, que cuesten un partido o el logro de una hazaña.

No tengo que buscar archivos, ni libros, para traer a colación una anécdota que pone en evidencia cada uno de los factores explicados en el primer párrafo de este trabajo. En un encuentro de las Grandes Ligas del béisbol estadounidense del 2 de junio de 2010, el lanzador venezolano de los Tigres de Detroit Armando Galarraga estaba exhibiendo un nivel de perfección en su juego tan grande, tan exquisito, que se encontraba a un insignificante, pero a la vez pesado out de conseguir la gesta del muy exótico juego perfecto.

Cuando Galarraga estaba a punto de estallar de euforia y que el estadio fuera un hervidero de fuegos artificiales, toda la alegría inminente se desvaneció como agua entre las manos. Resulta que el bateador que traía etiquetado el out 27, Jason Donald de los Indios de Cleveland, conectó una tímida rolata que le dio tiempo al fildeador de devolverla a la inicial. Casi todos vieron el feliz out, la pieza selladora de la obra perfecta, pero Jim Joyce, el avezado árbitro de primera con 23 años de labor y electo como el más cualificado del evento hacía poco tiempo, cantó un sorprendente quieto que dejó pasmados a todos, fundamentalmente al pitcher artífice de lo que sería una rareza beisbolera.

Un alud de improperios, los más crueles que se le pueden decir a una persona, tuvieron en Joyce su diana. Le gritaron homosexual, se defecaron en su madre y hasta amenazaron con matarlo. Ese hombre no pudo dormir durante varios días y llegó a decir que su fallo “fue casi peor que la muerte de mi padre”. Pero saben ustedes que la víctima en esta historia, el señor Armando Galarraga, no vaciló en acercarse hacia el sufrido Jim y abrazarlo, perdonarlo, a la vez que el árbitro incesantemente, a lágrima viva, le suplicaba disculpas.

Impartió justicia en 25 Series Nacionales.

Esto evidencia que los ampayas sufren sus errores, y no son los ogros que muchos le apodan. Cuba ha tenido en su béisbol a elementos de este oficio muy profesionales, desde esa leyenda llamada Amado Maestri hasta Alfredo Paz, Iván Davis, Alfredo Montesinos y uno muy especial, a quien comparaban en muchas ocasiones con Maestri, el güireño Nelson Díaz Blanco, quien es considerado entre los dos mejores árbitros de la pelota revolucionaria, uno de los más destacados del mundo, aunque su nombre haya desaparecido de cuajo en Cuba desde que se marchó legalmente con su familia hacia Estados Unidos a finales de noviembre de 2009.

Nelson es un tipo muy blanco, tan blanco que se parece a los ejemplares que distinguían la raza aria, con sus ojos claros. Una complexión física admirable, evidentemente sostenida por la práctica sistemática de los ejercicios físicos. De tan próspera que fue su carrera impartiendo justicia en los terrenos beisboleros, ha quedado casi anulada una faceta de su vida antes de dedicarse a estos menesteres. Los inicios vinculantes de Díaz con el deporte ocurrieron como jugador de béisbol, pues integró un equipo Cuba a un Campeonato Mundial juvenil y brevemente pasó a jugar con el conjunto Habana su única Serie Nacional, por la que transitó de manera silenciosa, con apenas tres indiscutibles, una carrera impulsada, ocho ponches en 31 veces al bate.

Fue un partido de la Serie Provincial lo que lo motivó a darle un vuelco significativo a su carrera deportiva, después de una serie de ofensas hacia uno de los umpire actuantes tras una decisión que él tomó. Empezó a dar sus primeros pinitos en una Provincial y solo le llevó un año alcanzar la norma de Árbitro Nacional para debutar en el máximo campeonato de Cuba en 1984. Sus resultados fueron tan convincentes que esa propia temporada se incluyó entre los 12 calificados para intervenir en la Serie Selectiva y, para colmar la copa del éxito, la coronación de esa contienda fue su nominación como el mejor árbitro de Cuba, que le valió para representar a su país en certámenes foráneos. Fue entonces que se percató de que nació para el arbitraje.

En las múltiples ocasiones en que lo vi impartiendo justicia, ya fuera por televisión o como aficionado en el Latinoamericano, muy pocas veces se equivocó. Tenía una precisión y un nivel de sensatez en sus acciones que más nunca he podido disfrutar desde su ida y a menudo lo recuerdo ante el bajón cualitativo que ha alcanzado nuestro clásico doméstico en ese sentido.

Durante una entrevista, hace casi 10 años, expresó que tenía dos momentos tristes que lo marcaron en su vida arbitral. La primera fue durante un desafío entre La Habana y Pinar del Río en el estadio Nelson Fernández, que tuvo un desliz ante una jugada muy cerrada en home. Analizó el instante cerca de 40 veces, y en cada ocasión afloraba su error. No podía admitirse ese fallo y estuvo a punto de pedir el retiro. Por suerte, no ocurrió.

En 1994 resultó ser el mejor árbitro del mundo y fue 16 veces el más sobresaliente en los clásicos de casa

Su segundo momento desagradable llegó en el 2000, cuando una injusticia lo privó de asistir a los Juegos Olímpicos de Sidney, sin importar que resultara por cuatro años en fila el mejor de su tipo en Cuba y para agudizar el asunto, esa misma temporada fue nombrado el más destacado entre todas las disciplinas. Yo me permito mencionar un tercer instante que de seguro Nelson no olvidará nunca, pues también fue fruto de la arbitrariedad. Tuvo el privilegio de intervenir en la versión pionera del Clásico Mundial en 2006, pero a la segunda edición de 2009 quedó excluido inmerecidamente y en su lugar fue Jorge Luis Pérez. Ese caso fue muy sonado en su momento, con un desenlace bien punzante que no explico por falta de pruebas. “Fui seleccionado por la Federación Internacional para actuar en Japón en el Segundo Clásico. Días antes, el director del béisbol, Higinio Vélez, y el vicepresidente del Instituto Nacional de Deportes, Ángel Iglesias, me informaron que no podía viajar por no ser confiable (…) Decidí retirarme y abandonar mi patria”, explicó en una entrevista a El Nuevo Herald.

Durante sus 25 Series Nacionales en función de velar por el orden de miles de partidos, reconoció que sus atributos cardinales eran su temperamento, no ser amigo de ningún pelotero y la forma de manejar los encuentros. Su autoridad en los diamantes beisboleros cubanos dejó de existir en 2009 cuando marcha de Cuba, llevándose un expediente muy grueso de siete Campeonatos Mundiales juveniles, tres Juegos Olímpicos, 10 Copas Mundiales, seis citas continentales, dos fiestas regionales, 10 Copas Intercontinentales, además de fungir como principal en los dos partidos entre Cuba y los Orioles, en La Habana y Baltimore.

Igualmente en 1994 resultó ser el mejor árbitro del mundo, fue 16 veces el más sobresaliente en los clásicos de casa y en cinco oportunidades el mejor entre todos los deportes. En enero de 2015 fue galardonado durante el XIII Evento de Entrega de Premios a Deportistas Cubanos en Miami, junto a luminarias del béisbol antillano. (David Díaz)

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