Historia

Aquino Abreu: Una hazaña para el recuerdo

Cuando el 25  de enero de 1966 salió a calentar en el estadio Latinoamericano para enfrentar al local Industriales Tomás Aquino Abreu Águila estaba lejos de imaginar que aquella noche inscribiría en el libro de los récords de la pelota cubana uno de los más difíciles de romper.

Registró su segundo juego de cero hits cero carreras en forma consecutiva, pues nueve días atrás, en su aparición anterior en el villaclareño «Sandino», había propinado contra Occidentales el primero de los 54 desenlaces de ese tipo rubricados en series nacionales.

Han transcurrido 52 años y la proeza del estelar serpentinero nativo de Loma Grande —cercano a San Fernando de Camarones— permanece intocable, aunque el camagüeyano Douglas Sorriba le picó cerca en la VII Serie al tirar sucesivamente dos partidos de cero hit con carrera los días 9 y 16 de enero de 1968, frente a Henequeneros y Vegueros, respectivamente, en desafíos que concluyeron con idénticos marcadores de 4-1.

«En esa temporada yo había lanzado 19 entradas y un tercio contra Orientales y a partir de ahí sentí molestias en el codo, por eso cuando vino la inauguración del “Sandino” surgió la disyuntiva de si abriría Rolando Macías o yo, y finalmente el difunto Asdrúbal Baró, director de Centrales, se decidió por Macías.

«Después, el 16, salí ante Occidentales y conseguí el primer cero hit cero carreras (10 a 0). Te confieso que nunca pensé en lograrlo; es más, me enteré de lo que estaba ocurriendo a la altura del octavo inning cuando el fallecido Jesús Oviedo se acercó al box y me lo dijo», recuerda Aquino, uno de los fundadores de las series nacionales, quien a temprana edad se trasladó hacia Cumanayagua y a mediados de la década del 70 fue a Manicaragua a cumplir compromisos de trabajo y terminó por radicarse allí hasta el presente.

«Mi siguiente apertura fue contra Industriales. Empecé a calentar y pensé: “Así no puedo lanzar”. Miré hacia el banco para pedirle a Baró que mandara a buscar a otro pitcher porque me dolía mucho el codo, pero no lo vi. Le eché un vistazo a las gradas y estaban repletas, existía bastante expectación por el no hit no run que le había dado a Occidentales. Entonces, como era frente a Industriales en el Latino, me dije: “Qué va, a mí no me van a tildar de cobarde, que me entren a palos”.

«Seguí calentando y en la medida en que comencé a ponerle a la bola el dolor fue desapareciendo. Salí a lanzar en el primer inning y no me batearon hit, en el segundo tampoco y en el quinto observé la pizarra y me pregunté, “¿Caballero, daré otro no hit no run más? Miré para el home y ahí estaba bate en manos Urbano González, el de más vista en nuestro béisbol, y en el círculo de espera se encontraba Pedro Chávez, lo que me hizo reflexionar, “A esta gente no hay quien le de cero hit cero carrera”. Los dominé en fly y roletazo a segunda, pero aún tenía dudas. Owen Blandino desde tercera me daba ánimo constantemente: “No te lo pueden dar”, me gritaba.

—¿Hubo algún momento en que peligró la hazaña?

—En el tercero Ricardo Lazo conectó un roletazo incómodo entre tercera y el campo corto al que Veguita Fernández le llegó y pudo forzar en segunda a Lázaro Martínez. Otra situación difícil fue el lance en el que Mariano Álvarez fildeó a mano limpia una conexión de Germán Águila y sacó un importante out.

—¿Cómo fueron los instantes finales del juego?

—Eran, si mal no recuerdo, las 9:33 de la noche y faltaba solamente un out para concluir el partido, sin embargo no podía confiarme porque tenía ante mí a un hombre como Eulogio Osorio, que se embasaba con cualquier cosa, pero logré retirarlo de segunda a primera. Todos corrieron a felicitarme, y uno de los primeros fue José Llanusa. Él, según me explicó, estaba en una reunión con Fidel y cuando el juego iba por el octavo inning, 7 a 0, le dijo al Comandante en Jefe: «Le pido permiso para retirarme porque Aquino está dando el segundo no hit no run y quiero ser el primero en felicitarlo».

«En ese instante yo no sabía que otro lanzador había realizado esa hazaña en el mundo. Fue Llanusa el que me contó que en 1938, en las Grandes Ligas, Johnny Vander Meer, de los Rojos de Cincinnati, lo había hecho. Me pidió que nos tiráramos una foto, que es en la que aparezco alzando dos dedos, indicando con el gesto que era el segundo que lo hacía en la pelota mundial organizada, aunque después me hablaron de alguien más en las ligas menores, pero no he podido corroborarlo».

—¿Qué pasó en la siguiente salida?

—Abrí contra Occidentales y en el cuarto inning Pedro Antón me disparó doblete. Empezó a llover, suspendieron el partido y no resultó válido porque aún no había llegado al quinto. Luego lancé frente a Granjeros y en el segundo Rolando Gallego Valdés me rompió la cadena de entradas sin permitir hits, que se extendió a 19. Ese día exploté, me dieron seis en cuatro innings.

—¿Te sentiste presionado?

—Chico, yo no tenía nervios, no le daba demasiada importancia a las situaciones difíciles. Verdad que cuando arrancaba el juego me ponía algo tenso, pero en la medida en que avanzaba el general era yo.

—Tú diste dos con diferencia de nueve días, ¿cuál es la clave para lanzar un no hit no run?

—No basta solo con tirar un buen juego. Tienen que conjugarse varios factores, y uno es que te acompañe la suerte, porque cualquier cosa puede convertirse en hit. Mira, en el primero no afronté muchas dificultades, pero en el segundo tuve la suerte de contar con una defensa hermética de mis compañeros. Ya te comenté sobre los espectaculares engarces de Veguita Fernández y Mariano Álvarez.

—Esa temporada fue consagratoria para ti, incluso formaste parte de la delegación cubana que escribió una página histórica en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966. ¿Allí te hicieron algunas ofertas?

—Ahora parecerá poco dinero, pero en aquel tiempo era una fortuna. Me ofrecieron 30 000 dólares para que jugara con el Criollos de Caguas en la liga puertorriqueña y 50 mil para que firmara con los Piratas de Pittsburgh, de las Grandes Ligas. Me mandaron mujeres en dos ocasiones para intentar conquistarme.

—Después de ese evento nunca más te abrieron un espacio en el equipo Cuba. ¿Crees que en algún momento fueron injustos contigo?

—No sé si calificarlo así, de manera absoluta, pero en la VIII Serie Nacional (1968-1969), en la que Azucareros se tituló por primera vez, fui el de mejor promedio de ganados y perdidos con 10 y 1 y tuve un promedio de carreras limpias de 1.94. Me llevaron a la preselección, donde nos dividieron en dos equipos, y fui ubicado en el Azul, que perdió seis juegos de confrontación con el Rojo. Me pusieron a lanzar en el último y propiné lechada, la única victoria que alcanzamos, e hicieron un corte y quedé entre los 25. Sin embargo, a la hora de escoger a los 18 que irían al mundial de República Dominicana (1969), me excluyeron.

—Alguien me comentó que celebras dos cumpleaños, ¿cómo es eso?

—¡Ah! (sonríe), siempre hago algún motivito para conmemorar cada 16 de enero mi primer no hit no run y el 7 de marzo festejo el día en que nací. (Entrevistó: Osvaldo Rojas Garay, del periódico Vanguardia de VCL)

 

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